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20 junio 2008

Los "informantes"

Dos clásicos

Ayer le dieron cuellos al formato del Informe Presidencial, uno de los causantes de dicha afrenta a la nación dijo que "el besamanos que se daba al termino de la comparecencia en el Congreso era indignante porque el Preciso estaba arriba de una tarima y miraba a todos sus achichincles "de arriba a bajo"...Chale, la neta es que eso se oyó muy ardilla.

A mi siempre me gusto el día del Informe Presidencial (así, con mayúsculas, tal y como lo dictaban los cánones del periodismo), me gustaba principalmente porque era día de asueto. El día previo los maestros nos recomendaban escucharlo detenidamente y que no dejáramos de comprar el periódico del día siguiente porque era probable que tuviéramos que hacer alguna tarea sobre los temas que se mencionaran.

Llegado el día nos armábamos de paciencia y prendíamos la televisión (todos los canales estaban "enlazados", al igual que las estaciones de radio), empezábamos la jornada con una entrevista realizada por Jacobo (no pregunten cual, solo había un Jacobo), quien realizaba una extraordinaria entrevista que nos dejaba ver al HOMBRE tal y como era (o como quería que lo viéramos), desayunando siempre con su familia completa (yernos, sobrinos y demás fauna de ardillas que vivía a expensas del erario en los Pinos), ahí nos enterábamos de los gustos culinarios del Sr. Presidente, de sus gustos por la lectura, por la buena pintura, por la equitación, etc.

Luego de tan enriquecedora experiencia venía lo bueno, el Sr. Presidente salía de Los Pinos para dirigirse a Palacio Nacional, toda la ruta estaba resguardada por soldados y policías que cubrían las calles adyacentes para que el Señor no tuviera que sufrir la bochornosa incomodidad de un alto. Obviamente el trayecto no era televisado, pero ello no impedía que Jacobo nos fuera platicando sus impresiones sobre el gran hombre que acababa de abrirnos su corazón. Llegaba a Palacio y de ahí a su oficina donde en una miniceremonia se ponía la banda presidencial. Honores por parte de la escolta militar y esperar a que llegara la comisión de diputados y senadores que le acompañaría al congreso (los cuales creo que dormían en Palacio porque allí estaban siempre prestos).

Nueva trayectoria al congreso platicada por Jacobo, llegando ya le esperaba la nueva comisión que le acompañaría al interior del salón de plenos donde empezaban los aplausos que no pararían durante el resto de la lectura de su informe, los presentes siempre atentos, nada de voltear siquiera por temor a que los periodistas los pezcaran en el error de estar volteando para otro lado, eso podía ser el fin de su vida politica durante el resto del sexenio. Al término de ésta (que podía durar varias horas) se despedía triunfante el Preciso, se montaba en el vehículo descubierto y de ahí a Palacio Nacional en medio de confeti, gritos y aplausos, muchos aplausos. Ya en Palacio iniciaba el llamado besamanos, donde desfilaban todos y cada uno de los políticos nacionales, embajadores, artistas de Televisa, deportistas y demás fauna nacional (el "México bonito", decían los cronistas cursis de sociales), todos le daban felicidades por su gran año de logros y de ahí se seguían a las mesas donde el banquete duraba horas y más horas.

En 1975 yo tenía 8 años de edad, pocos meses antes había sido seleccionado en mi escuela para asistir a los jardines de Los Pinos a "pintar", fuimos "estudiantes sobresalientes" de todo el país, ahí me toco conocer al hombre que tenía fama de ser incansable (decía en sus memorias Gonzalo N. Santos que Venustiano Carranza se daba tiempo hasta para dormir una siesta al medio día, y que en cambio a Echeverría no le alcanzaba el día para hacer tantas pendejadas). Llegado el "Día del Presidente" me senté emocionado para escuchar su mensaje a la nación... Pero a los diez minutos ya me estaba durmiendo, así es que mejor me fui a jugar con mis vecinos.

Gracias a la magia del internet hoy pude por fin leer el mensaje que dio en el congreso ese ya lejano día de 1975 y que por mi falta de patriotismo me perdí. Resalto algunos párrafos interesantes:



En la primera imagen (puntos 22 al 25) les recuerda a sus gobernadores (todos priistas) que él es el que manda, Curiosamente quienes exigen que a Mario Marín y a Ulises Ruiz se les quite de sus puestos son los primeros en protestar por "los excesos del presidencialismo priista"

























En la segunda y tercer imagen (puntos 44 y 45) le da a la oposición la zanahoria y el garrote, por un lado les dice que tiene interés en que México sea pluripartidista y casi los regaña por no aprovechar "las bondades del sistema" en equidad de medios (¿?), reducciones de requisitos y demás, pero luego los remata diciéndoles que si no dan un buen programa de gobierno articulado "serán arrollados"















Aquí les dice a los opositores que den gracias de en México no eramos "como en otros países" donde se les podía declarar "anormales" y en un derroche de cinismo, o de ingenuidad, le decía a la nación que "los psicoanalistas pueden preguntar los que quieran a sus pacientes" (¿lapsus?)















Ésta me encanta, después de echar el rollo del "Tercer Mundo" les dice a los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que si no les gusta que los critiquen ¡¡¡están en libertad de vetarlo para "una imaginaria candidatura a la Secretaría General de las Naciones Unidas"!!!














¡Jijos!... ¡Todo el informe esta buenisimo! Salvo por las partes que hablan del "Tercer Mundo" (seguramente dictadas por el secretario de Educación Pública Porfirio Muñoz Ledo) todo era pura bonanza, democracia y esplendor ¡Viviamos en Suiza!

Exijo que la Tremenda Corte le de pa'tras, papá. Esta es una de las sanas tradiciones nacionales que nunca debimos perder.

(Muñoz Ledo: la historia te condenará por echar a perder la ceremonia del Presidente con tus interpelaciones)
.

07 mayo 2008

El Chupacabras reloaded

“No pocas personas, y nosotros nos incluimos en este grupo,
han señalado que debido a su magnífico trabajo,
Salinas debería permanecer durante un periodo más
en el puesto que actualmente ocupa”.
Federico Arreola 19/X/92, El Norte.


¡Toma tu reelección!

Fiel a su costumbre de venir, hacer un desmadre e irse a pachanguear de regreso a Dublín, Cuba o New York, Carlos Salinas de Gortari de nuevo aparece en primera plana, en esta ocasión por la aparición de su nuevo libro de balconeos análisis político "La década perdida", donde nos hace la revelación de que a partir de él siguió el caos.

Su anterior mamotreto tuvo una gran demanda por parte del gremio de carniceros, quienes pudieron comprarlo por kilo para envolver los pellejos para gato, este último, probablemente y corra con la misma suerte, y es que escuchar a Salinas hablando del neoliberalismo de "los otros" me deja la misma desazón que el ver a exprostitutas en Las Vegas hablando de Dios en ropas de trabajo; o que muchos despistados se refieran a Jacobo Zabludowsky como un prócer del periodismo; o ver a perredistas hablar de Manuel Bartlett como un patriota que defiende al país de los malosos que lo quieren vender. Ya no hay moral pues.

Lo que si hay que reconocerle al Babalucas fue su enchant, que le permitió tener de fans a personajes tan congruentes como Elenita Poniatowska y Federico Arreola.



05 mayo 2008

Las Monsilecturas

Uno de mis libros de cabecera son las Memorias de Gonzalo N. Santos, cacique potosino que sobrevivió en la política nacional durante seis décadas gracias a su extraordinario talento para estar siempre en el lugar oportuno y con las gentes adecuadas, ello además de una carencia total de escrúpulos que lo convirtieron sin duda en el mejor ejemplo del priismo clásico. Creo que tanto a mi, como a muchos otros, su lectura nos permitió entender el "espíritu" de los ganadores de la Revolución y posteriormente creadores del PRI (Santos tuvo la credencial No. 6 de la primera versión del partido), en el libro encontré también pasajes ineditos que desmitifican mucha de la historia oficial y ponen a muchos de nuestros "héroes patrios" en el lugar que les corresponde: La basura.

A mi parecer la mejor reseña de ese libro fue escrita por Carlos Monsiváis y publicada en Letras Libres. En humilde homenaje por sus 70 años de vida, cumplidos ayer, quisiera compartirles su lectura:


"La moral es un árbol que da moras"

¿Cuántos caciques quedan en México? ¿Es el caciquismo la Última Thule del autoritarismo que la democracia no podrá vencer en ese corto plazo que para cada generación hace las veces de larguísimo plazo? ¿Es el cacique el dictador a escala? ¿Qué son los líderes sindicales: caudillos nonatos o caciques que son emblemas rurales en medios urbanos?

Si se puede aventurar una hipótesis, la demasía del presidencialismo convirtió en cacicazgos a todos los poderes subalternos. Sólo ha concebido un caudillo, un gran señor, y los demás han sido depositarios regionales o gremiales del poder menor. Así han sido igualmente caciques los gobernadores, los secretarios generales, los monopolistas del poder en un estado o una región, Rubén Figueroa en Guerrero, Fidel Velázquez en la CTM, Leonardo Rodríguez Alcaine en el Sindicato Mexicano de Electricistas, Leobardo Reynoso en Zacatecas, y las decenas de miles de figuras que para quienes los padecen resultan arquetipos o estereotipos de la falta de libertades.

Estamos ante la única, múltiple biografía del concesionario de la hegemonía del presidencialismo, del detentador de la franquicia del mando, el "presidente a escala" al que no suelen visitar los corresponsales extranjeros. En un nivel, se trata de la sordidez del feudalismo que resiste a la modernidad; en otro, de la producción incesante de personajes de novela noir o de thriller donde los callejones solitarios se vuelven súbitas fosas comunes. El caciquismo es el México Bronco (o Acicalado) que ve en la democratización al enemigo. Pueden ser banqueros que reinan sobre créditos o autopréstamos; o Alfredo López, el Rey Lopitos, el líder de las colonias populares en Acapulco, asesinado por orden de un "alto funcionario"; o Alfredo Gutiérrez, el Rey de la Basura, asesinado por una de sus 32 o 35 esposas, que se fijó la meta de 150 hijos llegando apenas a la módica cifra de setenta vástagos; o Guillermina Rico, la lideresa de los vendedores ambulantes; o Sara Ornelas, la lideresa de los vendedores de lotería, o...

Quizás la novedad de los años últimos es el "caciquismo de género", la emergencia de miles de mujeres con dones organizativos, astucia y capacidad de negociación que, sobre todo en las colonias populares, en los gremios y en los movimientos sociales, se manejan con implacabilidad y asumen las características "masculinas" con fiereza y falta de concesiones.

¿Cuál es el retrato inmejorable de un cacique o de una cacica, en esta época de "masificación de Doña Bárbara"? En la literatura, no escasean los retratos memorables: de Mariano Azuela (Los caciques), de Mauricio Magdaleno (Saturnino Herrera en El resplandor) y, sobre todo, la creación de Juan Rulfo, Pedro Páramo, el señor de la Media Luna, el padre de multitudes, el año del derecho de pernada, el dueño de la vida y la muerte en la Comala interminable. En el cine mexicano hay también retratos extraordinarios: el cacique de Río Escondido de Emilio Fernández (Carlos López Moctezuma), Rosauro Castro en la película de ese nombre de Roberto Gavaldón, con Pedro Armendáriz como la presencia que es señorío que intimida y acorrala, cada movimiento una proyección legendaria.

En cuanto a documentos generados por los propios caciques, el más notable a nuestra disposición es la autobiografía del cacique por antonomasia, un producto de la gran picaresca de la Revolución Mexicana.

Del caciquismo como la filmación de un western en una aldea medieval

¿Cómo hacerle justicia a las Memorias (1987) de Gonzalo N. Santos, el casi eterno cacique de San Luis Potosí, el Alazán Tostado, el Señor del Gargaleote, una de las "leyendas negras" de la Revolución Mexicana? En sus 943 páginas, el libro de Santos es varias cosas a la vez, el relato de un self-made man en la etapa en que todos lo son, de un testigo y actor del primer rango de la segunda fila. Memorias es el alarde de crímenes y fraudes, el canje de la demagogia por el cinismo y la provocación, el desfile de personajes que los lectores encuentran pintorescos porque ya no tienen oportunidad de ser sus víctimas. Las memorias de Santos son reiterativas, confusas en ocasiones, transcritas sin mayores correcciones de la grabadora o de la libreta de apuntes, presuntuosas y —desde nuestro punto de vista— demasiado afrentosas, y sin embargo, o gracias a eso, se dejan leer compulsivamente, el testimonio más vívido del sector revolucionario negado al idealismo y entregado a las complicidades que quieren prestigiarse con el nombre de Sistema.


Gonzalo N. Santos, y muchísimos como él, se incorporan fatalmente a la lucha armada. No tienen otra, es la hora de la audacia, de la sangre fría, del arrojo suicida, del canje de cualquier perspectiva ética por la sobrevivencia, de la noción del poder como un botín estricto, y de la identificación de lealtad e inminencia de la traición. En este sentido, el testimonio de Santos es confiable. Si los hechos no fueron los que él narra, y su participación no fue tan determinante, lo sucedido no fue muy distinto y la psicología descrita, así no sea estrictamente la de Santos, es la de los triunfadores de entonces. Si no verdaderas, las Memorias son verosímiles, así se mezclaron y se exhibieron las emociones de los revolucionarios entusiasmados con Francisco I. Madero, indignados con el cuartelazo de Victoriano Huerta, partidarios de Venustiano Carranza, admiradores de Álvaro Obregón, enemigos o amigos sumisos de Plutarco Elías Calles. Estos aspirantes a caudillos fusilan al compadre, renuncian con celeridad a los lazos fraternos, viven en la conspiración perpetua animada por el cognac y las hetairas, se transforman al subir al estrado para el discurso, lloran al recordar al jefe asesinado, toman posesión "para siempre" de su encomienda.


Y se aíslan progresivamente mientras el régimen se adecenta, o finge hacerlo; los modales se refinan, los funcionarios ya vienen de universidades extranjeras, los licenciados eficaces sustituyen a los gobernadores analfabetas. Santos comienza como uno de tantos, producto típico de la violencia y de la habilidad para filtrarse entre los resquicios de la violencia. Y su "mala suerte" es no morir al lado de su momento histórico, terminar como el Gran Anacronismo, el cacique aferrado al latifundio que se reparte. El revolucionario mitómano se convierte en el funcionario a tropezones y en el gobernador de San Luis Potosí que designa a sus reemplazos, y se impone con gritos, miradas, desaparición abrupta de "los escollos" a los que se les adjuntan actos de defunción, fraudes electorales, cultivo del latifundio, buenas y malas relaciones con los presidentes de la República. Lo que pasa por largo tiempo como "la expresión violenta de un temperamento nacionalista" se vuelve luego museo ambulante de las malas maneras y los despropósitos.


Todo marca a Santos: sus frases cáusticas, sus apetitos desembozados, su ostentación machista. Si de algo se distancia es de los hábitos de la modernización. Así lo reconoce en diciembre de 1959, al empezar sus memorias:

Hace un año y medio exactamente que salí de aquí, de Gargaleote, primero a los Estados Unidos y después a Europa, y llevaba el firme presentimiento cuando me fui de que iba a dilatar mucho tiempo en regresar, porque sentía que la deslealtad, la traición y la cobardía me rodeaban. También llevaba no sólo el presentimiento sino la seguridad de volver cuando la jauría se cansara de ladrar... (p. 9)

"Ladrón que roba a bandido, merece ser ascendido"

Gonzalo N. Santos nace en el pueblo de Tampamolón Corona el 10 de enero de 1897, descendiente de rancheros y combatientes liberales. Su educación es previsible. Unos cuantos profesores, y las lecciones de la filosofía de la universidad-de-la-vida: a) desconfía de todos, b) la crueldad es un prejuicio, y c) las cosas son de quien las toma. Pese a vivir a la sombra de sus hermanos mayores, Pedro Antonio y Samuel, Gonzalo se siente destinado a dar órdenes. Y a los catorce años ya ejercita el poder supremo: la voluntad de matar. En el pueblo lo reta un joven de apellido Tavera, que había sido gente de don Tomás Mejía. Tavera le dice a Santos: "A ese dragoncito yo me lo como sin chile y sin epazote", y lo golpea en el estómago con un bordón. Lo que sigue Santos lo cuenta con el ánimo rencoroso y triunfalista del resto de sus evocaciones:

Metí espuelas y Tavera, engallotado, me siguió, tratando de darme otro garrotazo, pero para entonces se me estaba pasando el dolor. Volví a meter espuelas para alcanzar más distancia y los pelados martellistas y porfiristas celebraban aquello con risotadas, dirigiéndome insultos. Eché mano a la reata de lazar, que era de las llamadas pintas de tampamolón, abrí gaza, lacé a Tavera, quien seguía desafiándome, puse vueltas, metí espuelas con muchas ganas y arranqué al Pincel. Le di vueltas, dos o tres cuartazos más a mi cuaco y otros dos espuelazos y me llevé arrastrando a Tavera por el empedrado... (p. 42)

La franqueza de Santos reivindica la "moral de las armas" de 1910 a 1930, y delata la transformación de actitudes: el trato del hacendado con los peones es la escuela de muchos jefes militares. Si algo, la experiencia de las haciendas y la lucha armada relativizan el valor de la vida, y el millón de muertos atribuido a la Revolución deriva en buena parte de esa falta de piedad que es la urgencia de vencer y desquitarse. Lo que sea que suene, porque nadie garantiza la contemplación del día siguiente. (Algo similar a: "Si lo he de matar mañana, lo remato de una vez"). Mencho, el amigo de Gonzalo, al saber que ya no hay revolucionarios en el pueblo emite la consigna: "A todo habitante macho de catorce años para arriba, sin siquiera preguntarle cómo se llama, le pegan dos balazos, no sea que el primero no lo vaya a matar: uno en la cabeza y el otro en el pecho" (p. 74).


Casi en cada página, las memorias de Santos le informan al lector de la otra historia de la Revolución, distinta de las conocidas, historia no determinante estructuralmente ni constructora del pensamiento nacional, pero sí omnipresente. Para Santos, matar es un acto de justicia, y la Revolución lo autoriza a cobrar deudas, a no dejarse de nadie, a castigar con la última pena al calumniador, a expresarse en el lenguaje del exterminio. Santos da su versión de un episodio famoso de su carrera, el asesinato en 1920 del estudiante Fernando Capdeville. Asiste al Teatro Principal a las tandas de María Conesa y Lalo, su ayudante, le avisa de un individuo que en la cantina insinúa relaciones íntimas con la ex mujer de Santos. Éste abandona el espectáculo y se inicia la cacería automovilística:

Para entonces iba ya muy encendido y cegado por la ira, lo seguimos persiguiendo y al llegar a las calles de Acapulco, frente al número setenta, el currutaco paró el carro y se bajó. Yo le dije a Ernesto (el chofer) que se le acercara y Ernesto se acercó y paró el carro como a diez metros de distancia y entonces me bajé yo, estando él parado en la calle. Al bajarme, Ernesto López me preguntó: "¿Le acompaño?", y le dije: "No, esta cosa es personal". Llevaba ya la 45 en la mano con las quijadas abiertas y bajado el seguro y le grité al individuo: "Si es hombre, defiéndase", y avancé como una tromba hasta llegar a tres o cuatro metros de distancia del figurín. Él metió mano a la cintura, pero se quedó petrificado, probablemente de miedo y le descargué las ocho balas de mi pistola y se murió (p. 325).

Detrás de este crimen hay un razonamiento implícito: este país le debe todo a los que nos fregamos en los campos de batalla, en la sierra, en la angustia de morirnos a montones. Y hasta ese derecho a hacer lo que nos venga en gana, y ahorrarnos los remilgos legales. Luego del asesinato de Capdeville, Santos le pregunta a un amigo: "¿Me notas algo?" "No —me dijo—, no le noto nada, ¿qué se echó más copas?" "No —le dije—, no me he echado ni una más, lo que me eché fue a un hijo de puta".


En la cabeza del fuste de su silla de montar, Pancho Villa se manda tallar la mascarilla del comandante de rurales Claro Reza, al que mata en Chihuahua en 1910, cuando el comandante intentó aprehenderlo. Estas costumbres reproducen parcial y exactamente la moral de los hacendados. Lo primitivo aún no es deuda de la modernización, y la violencia es un lenguaje básico del proceso de formación nacional, en regiones aisladas, sujetas a la ley del más fuerte y sus procuradores de injusticias. Si la Revolución introduce elementos importantísimos de justicia social, también mantiene partes fundamentales del mecanismo de la barbarie. Ya en fecha relativamente tardía (1930), Santos todavía se empecina en emblematizar a la ley. ¿Quién se lo impide? Apenas se inicia el proceso de fusión del Partido Nacional Revolucionario que le permite a gente como él seguir imponiéndose, con mínimos ajustes.


En 1930, en la campaña presidencial de Pascual Ortiz Rubio, de cuya elección Santos se enorgullece, calificándola de respuesta de su grupo a los desprecios de Aarón Sáenz, el Alazán Tostado se indigna ante los ataques de un periodista, Miguel Ángel Menéndez, al que suponen inspirado por el secretario de Ortiz Rubio, el Flaco Hernández Cházaro. Le exigen a Ortiz Rubio que expulse de la comitiva a Menéndez, por indeseable, y éste lo promete. Ya en el avión en la siguiente etapa de la campaña, le informan a Santos de la presencia de Menéndez:

"¿Cómo? —le dije—. A este cabrón por qué lo mandarían en el mismo avión en que vamos nosotros". "No sé", me dijo. ¡Oí un grito que me dio la fiera que traigo dentro, más bien dicho un rugido! Me paré y me fui hacia donde estaba Menéndez sentado y le dije: "¿Cómo se atreve usted a venir en el mismo avión en que venimos Melchor Ortega y yo después de habernos insultado y calumniado?" Me dijo: "Yo no me refería a personas sino a un cuadro general, pintado y simbólico". "Pues mire, cabrón —le contesté (esto era en pleno vuelo, por encima del mar)—, usted pintaría simbolismos, pero yo le voy a pintar la cara a chingadazos", y le empecé a pegar fuetazos en la cara y en la cabeza con toda la ira de mi cuerpo. A esto, el copiloto salió rápidamente de la cabina, y vino hacia nosotros muy espantado, pero no intervino, pues de haberlo hecho el gringo, también a él le hubieran tocado sus chingadazos dado mi estado colérico. Le dejé de pegar cuando me había saciado y le dije: "Le prevengo, hijo de la chingada, que más vale que no nos volvamos a encontrar usted y yo por mucho tiempo, y dígale de mi parte al o a los hijos de la gran puta que lo inspiraron, que sepan desde ahora que no están tratando con pendejos Y QUE CON LA MISMA BOCA QUE LES DIJIMOS QUE SÍ, CON ESA MISMA BOCA LES PODEMOS DECIR QUE NO; TAMBIÉN YO ESTOY HABLANDO SIMBÓLICAMENTE". Y el avión seguía vuela, vuela y volando (pp. 423-424).


"¿Con qué carácter me va usted a fusilar?"/ "Con el carácter de diputado —le contesté—, para algo me ha de servir el fuero..." De este modo se forman los caciques, que, una vez declarada y exhibida su lealtad al poder central, proceden —el término es muy suyo— como les da su chingada gana. Un señor feudal tiene una vivísima conciencia geográfica, se las arregla para estar con el ganador, y vive en el autismo despótico. Y un cacique, si cuenta sus proezas, no se empeña en decorar su pasado con virtudes, sino —convertidos en hazañas— en pregonar sus abusos, sus crímenes, sus complots para imponer nulidades. Si él no lo nombra, no hay gobernador; si él no los aprueba, no hay "actos de gobierno". Se cree el emblema de una causa, el santismo, iniciada con su hermano Pedro Antonio de los Santos, mártir maderista, y que con Gonzalo conoce su apoteosis y su fin. Y la causa es intensamente personal, Santos se jacta de salvar vidas con su astucia, de imponer funcionarios que le deben todo y que si son ingratos, más le deben. Santos, uno de los responsables del aplastamiento de la rebelión escobarista, un enemigo de los cristeros, un liberal anticlerical, un adversario de los currutacos y las Buenas Familias, un adalid del Machismo y la Vulgaridad enemiga de los respetos (con frecuencia, cita con encomio a un contemporáneo sólo para denostarle dos páginas después). Si nos fiamos de su palabra —y debemos hacerlo, para no recibir una mentada de madre póstuma— ingresa al ejército maderista en la adolescencia, lucha contra el huertismo y el villismo, desprecia a Zapata, se inconforma con Carranza, se adhiere ciegamente a Obregón...


Y es un conspirador profesional. Es el diputado por excelencia, del que se desprenderán las parodias, y al que uno reconocerá, justa e injustamente, en el Catarino de La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y en el Gordo Atajo de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia. Santos es el ánima cerril en busca de la perpetuidad. Es un homenaje intenso a la práctica, al don de la intimidación y la inteligencia natu-ral. ¿Qué es la "inteligencia natural?" Aquello que le permite a Gonzalo N. Santos construir su ideario de frase en frase, de crimen en crimen, de complot en complot. Odia la hipocresía en la misma medida en que ama el cinismo, esa jactancia que es su máscara y su proclama.


Cabe una hipótesis: Gonzalo N. Santos escribe sus memorias con el impulso con que, sólo para combatir la mala suerte de las trece letras, añade la N a su nombre. Y si admite culpas (según él, "hazañas incomprendidas") es con tal de seguir amando a su criatura predilecta, su leyenda negra. Declara memorablemente: "La moral es un árbol que da moras, o vale para una chingada". De modo insólito, Santos se presenta ante el juicio de los lectores, fiado en su salvoconducto: su apego al temperamento nativo, y sus "huevos de toro".


Un cacique es alguien que deposita todo su sentido del presente (que incluye el juicio del porvenir) en su don de mando. Cree que "Vasconcelos no era para el caso", y él en cambio sí lo es. Le tiene sin cuidado el Juicio de la Historia, porque las abstracciones no lo perturban. Así, niega despreocupadamente ser el asesino del joven Germán de Campo, partidario de Vasconcelos en 1929, al que le disparan mientras habla en un mitin en el jardín de San Fernando:

Pero, ahora que han pasado tantos años y que no es delación contra el Flaco Hernández Cházaro, que fue quien mandó matar al estudiante Germán de Campo, con Odilón de la Mora, el Diputado Teodoro Villegas y un gachupín Martínez, ayudante de don Pascual, al que apodábamos el Vais-ver, reitero y declaro que siento no haber sido yo el que matara a ese individuo con el que me han dado tantos muertazos injustificadamente. Sí, declaro que un pinche muerto más o menos no me va a quitar el sueño, que no me voy a rajar de un hecho que yo ya haya cometido o mandado cometer, ni aquí en la tierra ni en el cielo, a donde seguramente tendré que ir a rendir declaración de mi paso por la tierra; o tal vez al infierno, pero como soy de tierra tan caliente no me va a afectar la temperatura.

El "México institucional" ya no soporta a personajes como Santos. Los presidentes no admiten la democratización (la detestan), pero la barbarie tal cual sonroja en público (y regocija en privado) a los nuevos administradores del poder. Santos, el arquetipo, no entiende la transformación de su trayectoria en currículum, y se jacta hasta el final de sus haberes: a su hermano Pedro Antonio lo fusilaron las tropas de Victoriano Huerta, él fue secretario del PNR en el Distrito Federal (1929) y secretario general del Comité Ejecutivo (1929), cinco veces consecutivas diputado federal entre 1924 y 1934, senador (1934-40), y gobernador de San Luis Potosí (1943-49). ¿Cómo aceptar entonces que los presidentes lo rehúyan, que Luis Echeverría le dé clases de moral del tercer mundo y que José López Portillo firme el decreto que en 1978 afecta su latifundio de El Gargaleote? Gonzalo N. Santos muere en 1979, en la Ciudad de México, ya convertido en espectro del caciquismo. Lo sobreviven todos los caciques, pintorescos o no, ya persuadidos de que adular hasta lo último al presidencialismo es su única gran fuente de modernidad y legitimidad. Lo demás es pintoresquismo que mucho agradecerán los escritores que sepan darse cuenta. -

15 abril 2008

Hay de mayoriteos a mayoriteos

Siguiendo la hermosa saga de "Recordar es volver a vivir" les traigo una nota de esas que dejan huella en el periodismo: La primera vez que el PRI estuvo en minoría y tuvo que apechugar el mayoriteo del frente PAN-PRD-PVEM. Leeremos, asombrados, nombres de ilustres priistas, que hoy ya no lo son, denunciando en la tribuna el terrible "agandalle" del que fueron victimas por parte de quienes si tuvieron la inteligencia de forjar mayorías, ésta complementada con un cartón de la época del Fisgón y otro de hoy de Hernández.

La Jornada 1 de octubre de 1997


En San Lázaro, inútil forcejeo tricolor contra el agandalle

Julio Hernández ¤ Era como el mundo al revés: los priístas desahogando públicamente su amargo berrinche porque la oposición vuelta mayoría les había agandallado las presidencias de las mejores comisiones legislativas de trabajo, y los opositores defendiéndose de las acusaciones de ser dictadores, autoritarios, revanchistas, antidemocráticos y aprovechados por endilgar al paladar de los tricolores las mismas medicinas que éstos recetaron durante casi siete décadas.

Priístas que denunciaban la injusticia derivada del mayoriteo y apelaban a la buena voluntad de sus adversarios para que entraran en razón y les dieran lo que a su entender les correspondía y les era arrebatado; opositores que ejercían a plenitud su fuerza numérica y sostenían hasta el final el éxito de su propuesta conjunta.

Palenque lleno: al inicio, 499 de 500 diputados. Sólo faltaba el perredista Primitivo Ortega, hospitalizado por una operación de apéndice. Otros seis, entre ellos Mariano Palacios Alcocer, se escabulleron luego de una simbólica presencia. En los pasillos y en el área de invitados especiales había más gente que nunca.

Y apenas se anunció la manera como se proponía integrar 51 comisiones y comités legislativos cuando empezó la verdadera batalla en la que los priístas vociferaron, chiflaron, insultaron, abuchearon, maldijeron, forcejearon, empujaron y patearon por la triste suerte con la que por vez primera en su historia dejaron el control de los principales espacios políticos de San Lázaro.

Aprendiendo a ser minoría

Ciertamente había un acuerdo elemental por el que se desahogarían esas 51 comisiones y comités, pero los priístas, aún aceptando la imposibilidad de cambiar el designio opositor, deseaban expresar en tribuna su inconformidad y fijar su postura, que en esencia pretendía decirle a la nación, y dejar a la conciencia de los mayoriteadores, que siendo mayoría en votos y en diputaciones estaban siendo reducidos a una situación falta de proporcionalidad y justicia, pues los opositores se estaban quedando con las presidencias de las mejores comisiones y dejando al tricolor las de menor importancia.

A pesar del acuerdo cupular que permitiría desahogar civilizadamente la integración de 51 comisiones y comités, y dejar a la discusión particular una decena de comisiones en las que el priísmo deseaba expresar en especial su oposición, sobre todo en el caso de la de Programación y Presupuesto, lo cierto es que el pleno priísta no pudo, ni quiso, aguantar calladamente lo que entendió como un nuevo agravio.

Arturo Núñez, Fidel Herrera, Jorge Canedo y Ricardo Monreal llevaron a la tribuna los puntos de vista del priísmo, pero el Bronx (todo lo que no es la burbuja es Bronx, definió un especialista, que luego explicó que burbuja es la élite directiva priísta) no quería escuchar discursos y lances oratorios, sino cobrar venganza de la mejor manera posible.

Los agravios de la democracia

Del lado opositor, el perredista Pablo Gómez echó sal y limón sobre la herida de los priístas al decirles, entre otras cosas, que quienes antes eran los dictadores del Congreso hoy tienen que entender lo inevitable del cambio democrático.

Entonces saltaron de sus curules algunos priístas con el rostro enrojecido y el grito a todo pulmón. Y así seguirían a lo largo de la sesión. Ellos, los desdeñosos de ayer, convertidos hoy en los denunciantes de injusticias. Y a coro les gritaban "gandallas'' a los opositores. El diputado González Machuca se distinguía por su persistente vocación gritona y por el ininteligible sentido del humor que se supone acompañaba a sus estruendos verbales. La diputada América Soto se desgañitaba refutando la presunta mayoría opositora. El diputado Carlos Sobrino se estremecía exigiendo el uso de la palabra por encima de su correligionario Fidel Herrera.

Los fantasmas de Nayarit

Y el diputado Francisco Javier Morales Aceves que pedía airadamente la palabra, y el presidente de la sesión, Porfirio Muñoz Ledo, le decía que había un acuerdo parlamentario y, si quería romperlo, que hablara con su coordinador, Arturo Núñez.

Y Morales Aceves, jalisciense, que por fin logra que le den la palabra y se lanza contra Muñoz Ledo, acusándolo de hacer tiempo en su contra, "tramposamente, como es su costumbre''.

--Ciudadano diputado, le ruego respete a la presidencia. No está contando su tiempo --respondió Muñoz Ledo.

--Dése a respetar --reviró Morales.

Luego le asestó al perredista los calificativos de intolerante y prepotente, expresó su gusto porque ya terminaba "la dictadura'' porfirista, y, cuando comenzaba a narrar el episodio de 1975 en Nayarit, en el que, siendo Muñoz Ledo presidente del PRI, llegó el Partido Popular Socialista a una senaduría con la que frenó la defensa de la gubernatura que Alejandro Gascón Mercado habría ganado:

--¡Tiempo! --gritó Muñoz Ledo.

Y se desató la rechifla que no dejaba terminar a Morales Aceves.

--¡Tiempo, compañero, tiempo! --insistía el perredista a quien los fotógrafos de prensa le han dado en llamar Muñoz Lady en respuesta a la acusación de paparazzi que él les hace.

Gritos, escándalo, y Morales Aceves que habla de Rogelio Flores Curiel, y de Jorge Cruickshank García, mientras el ex presidente del PRI:

--¡Se le acabó el tiempo al orador! ¡El orador se ha colocado fuera del reglamento. Le ruego a la secretaria que proceda conforme al reglamento! El jalisciense deja la tribuna y Muñoz Ledo se concede un receso, y alterado cede la presidencia a uno de los vicepresidentes para salir del salón de sesiones.

Por fin, a la hora de la votación, los opositores sufragan nominalmente a favor del acuerdo parlamentario que integra la mayor parte de las comisiones. Los opositores se manifiestan con sobriedad. Dicen sí, o por la afirmativa, y, salvo contadas excepciones, se limitan a darle a la emisión del voto, en sí misma, el contenido discursivo cuya mayor verbalización es innecesaria.

Cuando menos, decir algo

Pero los priístas, como antaño los opositores, no se conforman con ejercer con displicencia su oportunidad de expresión, y entonces muchos de ellos acompañan su voto con una frase machacona, con un reclamo a los adversarios, con un lema necesario para cuando menos decir algo: "por un PRI sin traidores'', "no a la intransigencia'', "no al agandalle'', "en contra de la intransigencia y el revanchismo'', "a nombre de los mazahuas, no y no'', "no, porque lo que hoy tienen le pertenece al PRI'', "contra la borrachera de poder'', fueron algunas de las frases de desahogo priísta.

La tensión cede cuando el secretario de la mesa directiva, Gonzalo Morgado, priísta, se equivoca y vota por la afirmativa, como la oposición, aunque luego de unos segundos de duda rectifica, mientras las bancadas opositoras ya corean su nombre y le dicen "Gonzalo, amigo, el pueblo está contigo''.

Y ya al final, el inútil forcejeo de los jóvenes priístas tratando de forzar una presidencia rotativa de la Comisión de la Juventud que terminó, como había sido decidido desde el principio por el bloque opositor, en manos de una diputada del Partido Verde Ecologista.

Una sesión en la que, con el mundo al revés, los priístas no pudieron evadir el fatal designio del mayoriteo que fue su especialidad durante décadas.

Jeje. miren nomás lo que son las cosas: Ese año empezó el declive del PRI y quienes deberían de estar hoy en el poder están casi en las mismas condiciones de ese PRI, que hoy acaricia de nuevo las posibilidades de tomar el poder, mientras los otrora aliados se endilgan los peores calificativos.

El Mundo al revés...buena frase de Julio Hernández